Hay noches que quedan guardadas para siempre en la memoria del hincha. Noches donde el fútbol deja de ser solamente un juego y se convierte en emoción pura, en desahogo, en pasión descontrolada. Lo de Olimpia anoche fue exactamente eso: una noche de ensueño en el Defensores del Chaco.
El Decano venció por 3 a 1 al Audax Italiano y aseguró su clasificación a los octavos de final de la Copa Sudamericana, pero el resultado apenas cuenta una parte de la historia. Porque lo vivido dentro del campo fue una verdadera montaña rusa emocional.
Durante gran parte del partido, Olimpia fue protagonista absoluto. El equipo de Pablo “Vitamina” Sánchez manejó la pelota, atacó constantemente y generó múltiples ocasiones de gol. El Franjeado empujaba, presionaba y buscaba por todos los caminos posibles, pero el balón parecía negarse a entrar. El arquero rival respondía, los remates salían apenas desviados y el nerviosismo comenzaba lentamente a instalarse en las tribunas.
Y cuando el reloj ya superaba los 65 minutos, llegó el golpe menos esperado.
Una jugada aislada, prácticamente sin peligro, terminó convirtiéndose en un momento amargo para todo Olimpia. Un centro sin demasiada trascendencia encontró el infortunio de Raúl Cáceres, quien en su intento por despejar desvió el balón con la pierna izquierda y terminó venciendo involuntariamente a Gastón Olveira. El silencio se apoderó por un instante del estadio.
Parecía injusto. Olimpia había hecho todo para estar arriba, pero el fútbol muchas veces tiene estas historias impredecibles.
Sin embargo, este equipo tiene algo que otros no poseen: carácter.
Cinco minutos después apareció Alan “Coyote” Rodríguez para cambiar la historia con una obra de arte. El lateral tomó la pelota fuera del área y sacó un zurdazo impresionante, cargado de potencia y precisión. Un verdadero golazo que explotó en el ángulo y desató el grito contenido de todo el pueblo franjeado. El empate devolvía la esperanza y despertaba definitivamente al gigante. El festejo fue inmenso, incluso Eduardo Delmás que había salido unos minutos antes, saltaba de alegría con todo el cuerpo técnico.
Pero Olimpia ya no iba a detenerse.
Apenas un minuto después del empate, Hugo Quintana apareció en el momento exacto para dar vuelta el partido. El mediocampista aprovechó el envión anímico y definió con autoridad para poner el 2 a 1. El Defensores del Chaco se transformó en un hervidero. El Decano pasaba de la angustia a la locura en cuestión de segundos.
Y todavía faltaba más.
Fernando Cardozo venía insistiendo toda la noche. Había generado peligro, había estrellado incluso un remate en el poste, pero el gol seguía esquivándolo. Hasta que finalmente llegó su premio. Romeo Benítez desbordó con velocidad por la izquierda y lanzó un centro rasante perfecto al corazón del área. Cardozo apareció libre y esta vez no falló. Definición precisa, red inflada y el 3 a 1 definitivo.
Sensacional.
Olimpia no solo ganó un partido. Ganó una batalla emocional. Demostró rebeldía, hambre y una enorme personalidad para levantarse en el momento más difícil. El equipo mostró que está vivo, que tiene espíritu competitivo y que quiere seguir soñando en grande en esta Copa Sudamericana.
La clasificación ya es una realidad. El Decano está en octavos de final y vuelve a ilusionar a toda su gente. Porque cuando este club despierta, cuando el corazón franjeado late fuerte y el Defensores empuja, cualquier cosa parece posible.
Anoche no fue solamente fútbol.
Anoche fue Olimpia en estado puro.
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